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domingo, 22 de junio de 2014

Lo que está pasando ahora, puede definir tu futuro

Al margen de lo que diga Lanata o los programas oficialistas, la verdad que el problema por el que transitamos es muy serio. Te recomiendo que veas este programa de hoy, sobre todo si no entendes lo que significa muchas cosas de las que se estan hablando en economia hoy.Jorge Lanata prepara un programa muy importante en el que te explicará por qué lo que está pasando ahora puede cambiar tu futuro y el de todos los argentinos. 


Llega una nueva edición urgente de Periodismo Para Todos y va a ser muy importante para que puedas entender todo. Lo que está pasando ahora puede definir tu futuro y el de todos los argentinos.
Este domingo 22 de junio a las 22:00 vas a entender por qué. PPT, en vivo en El Trece y -desde cualquier lugar del mundo- en Eltrecetv.com.

viernes, 20 de junio de 2014

LA DEMOCRATIZACION de la LIBERTAD de EXPRESION ?

ESTO SERA LA DEMOCRATIZACION de la LIBERTAD de EXPRESION que PRETENDE IMPONER EL CLAN K?¿!! QUE EL PUEBLO NO ESTE INFORMADO Gendarmería secuestró la edición de La Tecla En horas tempranas en el control del peaje de Hudson, Gendarmería interceptó al vehículo identificado como prensa, que lleva la edición de La Revista La Tecla a la Capital Federal. Intentaron impedir la difusión de los negocios ocultos del senador Mario Ishii, el intendente Carlos Urquiaga, el agente de la Side Jaime Stiusso, el operador Kirchnerista Javier Fernández y el todo poderoso General Milani Como todos los jueves en horas tempranas por la mañana, los vehículos de reparto de ejemplares de la revista La Tecla salen desde la sede de la editorial, para distintos puntos de la provincia, entre ellos el vehículo que circula hacia Capital Federal. Sorpresivamente en el peaje de Hudson, personal de Gendarmería Nacional procedió a detener la camioneta que transportaba las revistas, y después de requisar la misma y no encontrar nada, comenzaron a increpar al conductor. Dentro de los hechos acontecidos procedieron a secuestrar el carnet del conductor, informándole que estaba aprehendido, y que iban a mandar a periciar el carnet. Desde la redacción, habíamos perdido contacto con el vehículo hasta pasadas las diez de la mañana. En ese momento nos comunicamos con el chofer y nos informa lo acontecido. Decidimos enviar a nuestros abogados, que al llegar al lugar pudieron constatar en forma inmediata las irregularidades del procedimiento. Inmediatamente se solicitó el acta del secuestro del vehículo, no existía. Solicitamos el acta de secuestro del carnet de conducir, tampoco existía. Y la pregunta de rigor fue como resguardaron la integridad del elemento supuestamente apócrifo. Cómo sabemos que ese documento es el mismo que se llevaron. Pedimos el acta de detención del chofer y tampoco existía. Pero no podíamos traer de vuelta a nuestro personal, en este momento detenido sin orden judicial. Independientemente de que los efectivos de gendarmería no quisieron identificarse, los fotografiamos y publicamos las imágenes. Resultó totalmente obvio que intentaron a toda costa evitar que las revistas llegaran a Presidencia de la Nación, los distintos Ministerios, Cámara de Diputados, Cámara de Senadores y los diferentes medios de comunicación. Intentaron tapar la noticia. Cabe resaltar que detrás de lo informado, existe algo más que lo que nosotros como empresa editorial publicamos y no vimos, y que seguramente vamos a ir a fondo para que se sepa.
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Patricia F Bertora

Fuente: http://www.latecla.info/3/nota_1.php?noticia_id=64316

Al kirchnerismo le gusta el mar, pero se queja de que el agua moja…


Por Gustavo Robles El kirchnerismo no sabe muy bien para dónde correr después de la decisión de la Corte Suprema de EE. UU. respecto de los fondos buitre. No es que esperara algo diferente, como confesó la misma CFK, sino que pretendía que el fallo tuviera lugar el año que viene, cuando ya tuviese que entregar el gobierno a otro partido o corriente dentro del suyo (el sciolismo, por ejemplo), para que ellos se arreglaran. Pero no, la bomba que estuvieron armando durante 11 años les explotó en sus manos. Es tan complicada la cosa, que estos soberbios que nunca escucharon a nadie que no pensara como ellos, convocaron a una reunión secreta a los jefes de la oposición en el Congreso para informarles cómo está la situación. Estos tipos que nos dijeron durante una década que "nos habíamos sacado de encima el problema de la Deuda", hoy le estaban pidiendo la escupidera al juez que expuso como nadie su imbecilidad política, y a los buitres a los que les dejaron la pelota picando en el área chica y con el arco vacío, figura que viene al pelo en estos tiempos en los que todo bicho que camina está "mundializado". El impresentable Kicillof, ministro de economía de un país barbarizado, un lumpen político que cree saber lo que hace y cómo funciona el mundo pero no pega pie con bola en los hechos, en su alocución del martes 17 no pudo menos que reconocer que si cumplen el fallo, el país entrará en “default”… y si no lo cumplen, también. Por supuesto, deslindó al oficialismo de toda responsabilidad en el asunto, pero como en casi todo lo que hace el kirchnerismo, eso no tiene nada que ver con la realidad. ¿Por qué? Pues porque fue el kirchnerismo, en principio, el que legitimó una deuda viciada de todo tipo de ilegitimidades. Ya nos hemos explayado varias veces sobre su naturaleza odiosa, ilegal y fraudulenta, con un fallo de la Justicia argentina de por medio (Ballestero, año 2000). Fue el kirchnerismo el que lanzó un Canje de Deuda que terminó legalizando la posición de los acreedores. Fue el kirchnerismo el que estableció la cláusula que le permitió a los acreedores cobrar los pagos del Estado argentino en EE. UU. Fue el kirchnerismo el que fijó la cláusula que les permitió a los acreedores dirimir los conflictos potenciales con el Estado argentino en los Tribunales de EE. UU. Fue el kirchnerismo el que instituyó la cláusula que le abre la posibilidad a los que adhirieron al Canje, de exigir el mismo trato que a los que no lo hicieron, si a estos les pagan un porcentaje superior que el que ellos aceptaron cobrar (RUFO). Fue el kirchnerismo el que no quiso sacar los pies del plato de la globalización, ofreciéndonos al sacrificio con malicia por parte de sus cuadros dirigentes, basados en un discurso hacia las masas de una ingenuidad propia de quienes no entienden cómo funciona el mundo: querer hacer creer que podían condicionar a los dueños del planeta, a los que inventaron y manejan el sistema capitalista, con sus propias reglas y en su mismo terreno, demuestra el infantilismo que ha impregnado el oficialismo en grandes sectores de la sociedad. ¿Qué esperaban las huestes kirchneristas? ¿que el capitalismo deje de ser lo que es en esencia? ¿que los imperialistas dejen de lado su voracidad por apropiarse de todo lo que esté a su alcance? ¿que no ejerzan el “derecho” que han implantado en casi todas las sociedades del mundo (“su” derecho), reclamando por las propiedades que consideran suyas? Pretender eso es lo mismo que exigir que el agua no moje. La realidad es muy distinta de lo que elucubran sus mentes corrompibles y declaman sus discursos infantiles. No se puede caminar en un nido de víboras conscientemente y quejarse si muerden e inyectan su veneno. ESO es el Capitalismo, sobre todo en su faz financiera. Si se quiere vivir en SU mundo, no queda otra que someterse a SUS reglas. Es por eso que se llega al desenlace que hoy a todos alarma y angustia: no podía ser de otra manera. Es la postura histérica del kirchnerismo la que llevó al país a esta encrucijada, que, después de la guerra de Malvinas, es el proceso más grave que tiene que afrontar en su relación con el mundo. Aquellos que nos acusaban de “delirantes” a los que decíamos que no había que pagar la Deuda, porque íbamos a quedar “aislados del mundo”, porque “nos iban a embargar nuestro patrimonio”, porque “nos iban a confiscar las cuentas, las cosechas y los aviones”, 11 años después, nos dejan ante ese mismo escenario, pero vaciados de nuestras riquezas estratégicas y con 200mil millones de dólares menos, más 220 mil millones de dólares de deuda más. Claro, a esos 220 mil millones ahora hay que sumarles los 15 mil millones que hay que pagarles a los holdouts, más todo lo que se sume por los juicios que vendrán de los que entraron en el Canje y quieran cobrar el 100% de lo que se les pagó con quita. El panorama del escenario que deja el kirchnerismo es de tierra arrasada. El futuro debe obligar a nuestro pueblo a decidir entre ser eternamente explotado por el imperialismo si quiere pertenecer al “mundo de ellos”, lo que va a exigir sacrificios aún mayores a los que hasta ahora ha sufrido; o a romper con ese mundo para encarar la construcción de una sociedad distinta en un mundo distinto. “Pertenecer” al mundo globalizado por el imperialismo nos ha llevado hasta ahora a ser una sociedad donde sólo unos pocos, un 5%, tiene acceso a las delicias que ese mundo ofrece. Para la gran mayoría, significa privaciones y millones de seres humanos viviendo en la pobreza y la indigencia. Es justamente por esos millones de explotados y marginados, la abrumadora mayoría de la sociedad, que es imprescindible cambiar. Podemos hacerlo. Este país tiene todas las condiciones para ser exitoso al margen de la globalización explotadora; tiene un suelo privilegiado: produce alimentos para 400 millones de seres humanos y aún encierra en su seno la riqueza hidrocarburífera y mineral como para ser autosuficiente. Nos sobra territorio para la cantidad de habitantes que somos. Sólo hay que cambiar la forma de organizar la estructura social, pero claro, para ello hace falta la voluntad, la inteligencia y el coraje. Podemos romper los lazos que nos encadenan a los que históricamente nos han saqueado, y apoyarnos en nuestros hermanos de Latinoamérica y otros pueblos del mundo que se paren dignamente contra el imperialismo. La encrucijada nos va dejando ante opciones absolutamente contradictorias. Las penurias que se avecinan para los millones de explotados y marginados, por “pertenecer” al mundo al que el kirchnerismo y el resto de la derecha adhieren, serán difíciles de soportar y sus consecuencias, más oprobiosas de lo que hasta ahora hemos conocido. Tal vez más por espanto que por convicción, nuestro pueblo tendrá que ir tomando el camino que debió haber tomado hace mucho, ese que soñaron los 30.000 que fueron desaparecidos, justamente, por luchar por un mundo donde no existan la explotación, ni la miseria… ni los buitres

buitres, buitres...

El kirchnerismo no sabe muy bien para dónde correr después de la decisión de la Corte Suprema de EEUU respecto de los fondos buitre. No es que esperara algo diferente, como confesó la misma CFK, sino que pretendía que el fallo tuviera lugar el año que viene, cuando ya tuviese que entregar el gobierno a otro partido o corriente dentro del suyo (el sciolismo, por ejemplo), para que ellos se arreglaran.
Pero no, la bomba que estuvieron armando durante 11 años les explotó en sus manos.
Es tan complicada la cosa, que estos soberbios que nunca escucharon a nadie que no pensara como ellos, convocaron a una reunión secreta a los jefes de la oposición en el Congreso para informarles cómo está la situación.
Estos tipos que nos dijeron durante una década que "nos habíamos sacado de encima el problema de la Deuda", hoy le estaban pidiendo la escupidera al juez que expuso como nadie su imbecilidad política, y a los buitres a los que les dejaron la pelota picando en el área chica y con el arco vacío, figura que viene al pelo en estos tiempos en los que todo bicho que camina está "mundializado".
El impresentable Kicilof, ministro de economía de un país barbarizado, un lumpen político que cree saber lo que hace y cómo funciona el mundo pero no pega pie con bola en los hechos, en su alocución del martes 17 no pudo menos que reconocer que si cumplen el fallo, el país entrará en “default”… y si no lo cumplen, también. Por supuesto, deslindó al oficialismo de toda responsabilidad en el asunto, pero como en casi todo lo que hace el kirchnerismo, eso no tiene nada que ver con la realidad.
¿Por qué?
Pues porque fue el kirchnerismo, en principio, el que legitimó una deuda viciada de todo tipo de ilegitimidades. Ya nos hemos explayado varias veces sobre su naturaleza odiosa, ilegal y fraudulenta, con un fallo de la Justicia argentina de por medio (Ballesteros, año 2000). 
Pudo y debió haber asumido la postura soberana y justa de NO pagar, pero hizo exactamente lo contrario.
Fue el kirchnerismo el que lanzó un Canje de Deuda que terminó legalizando la posición de los acreedores.
Fue el kirchnerismo el que estableció la cláusula que le permitió a los acreedores cobrar los pagos del Estado argentino en EEUU.
Fue el kirchnerismo el que fijó la cláusula que les permitió a los acreedores dirimir los conflictos potenciales con el Estado argentino en los Tribunales de EEUU.
Fue el kirchnerismo el que instituyó la cláusula que le abre la posibilidad a los que adhirieron al Canje, de exigir el mismo trato que a los que no lo hicieron, si a estos les pagan un porcentaje superior que el que ellos aceptaron cobrar (RUFO).
Fue el kirchnerismo el que no quiso sacar los pies del plato de la globalización, ofreciéndonos al sacrificio con malicia por parte de sus cuadros dirigentes, basados en un discurso hacia las masas de una ingenuidad propia de quienes no entienden cómo funciona el mundo: querer hacer creer que podían condicionar a los dueños del planeta, a los que inventaron y manejan el sistema capitalista, con sus propias reglas y en su mismo terreno, demuestra el infantilismo que ha impregnado el oficialismo en grandes sectores de la sociedad.
¿Qué esperaban las huestes kirchneristas? ¿que el capitalismo deje de ser lo que es en esencia? ¿que los imperialistas dejen de lado su voracidad por apropiarse de todo lo que esté a su alcance? ¿que no ejerzan el “derecho” que han implantado en casi todas las sociedades del mundo (“su” derecho), reclamando por las propiedades que consideran suyas?
Pretender eso es lo mismo que exigir que el agua no moje.
La realidad es muy distinta de lo que elucubran sus mentes corrompibles y declaman sus discursos infantiles. No se puede caminar en un nido de víboras conscientemente y quejarse si muerden e inyectan su veneno. ESO es el Capitalismo, sobre todo en su faz financiera. Si se quiere vivir en SU mundo, no queda otra que someterse a SUS reglas. Es por eso que se llega al desenlace que hoy a todos alarma y angustia: no podía ser de otra manera.
Es la postura histérica del kirchnerismo la que llevó al país a esta encrucijada, que, después de la guerra de Malvinas, es el proceso más grave que tiene que afrontar en su relación con el mundo. Aquellos que nos acusaban de “delirantes” a los que decíamos que no había que pagar la Deuda, porque íbamos a quedar “aislados del mundo”, porque “nos iban a embargar nuestro patrimonio”, porque “nos iban a confiscar las cuentas, las cosechas y los aviones”, 11 años después, nos dejan ante ese mismo escenario, pero vaciados de nuestras riquezas estratégicas y con 200mil millones de dólares menos, más 220mil millones de dólares de deuda más. Claro, a esos 220mil millones ahora hay que sumarles los 15mil millones que hay que pagarles a los holdouts, más todo lo que se sume por los juicios que vendrán de los que entraron en el Canje y quieran cobrar el 100% de lo que se les pagó con quita.
El panorama del escenario que deja el kirchnerismo es de tierra arrasada.
El futuro debe obligar a nuestro pueblo a decidir entre ser eternamente explotado por el imperialismo si quiere pertenecer al “mundo de ellos”, lo que va a exigir sacrificios aún mayores a los que hasta ahora ha sufrido; o a romper con ese mundo para encarar la construcción de una sociedad distinta en un mundo distinto.
“Pertenecer” al mundo globalizado por el imperialismo nos ha llevado hasta ahora a ser una sociedad donde sólo unos pocos, un 5%, tiene acceso a las delicias que ese mundo ofrece. Para la gran mayoría, significa privaciones y millones de seres humanos viviendo en la pobreza y la indigencia.
Es justamente por esos millones de explotados y marginados, la abrumadora mayoría de la sociedad, que es imprescindible cambiar. Podemos hacerlo. Este país tiene todas las condiciones para ser exitoso al margen de la globalización explotadora; tiene un suelo privilegiado: produce alimentos para 400 millones de seres humanos y aún encierra en su seno la riqueza hidrocarburífera y mineral como para ser autosuficiente. Nos sobra territorio para la cantidad de habitantes que somos. Sólo hay que cambiar la forma de organizar la estructura social, pero claro, para ello hace falta la voluntad, la inteligencia y el coraje. Podemos romper los lazos que nos encadenan a los que históricamente nos han saqueado, y apoyarnos en nuestros hermanos de Latinoamérica y otros pueblos del mundo que se paren dignamente contra el imperialismo.
La encrucijada nos va dejando ante opciones absolutamente contradictorias. Las penurias que se avecinan para los millones de explotados y marginados, por “pertenecer” al mundo al que el kirchnerismo y el resto de la derecha adhieren, serán difíciles de soportar y sus consecuencias, más oprobiosas de lo que hasta ahora hemos conocido.
Tal vez más por espanto que por convicción, nuestro pueblo tendrá que ir tomando el camino que debió haber tomado hace mucho, ese que soñaron los 30.000 que fueron desaparecidos, justamente, por luchar por un mundo donde no existan la explotación, ni la miseria… ni los buitres De mi querido amigo GUSTAVO ROBLES, COMPARTO TOTALMENTE.

SIEMPRE TUVIMOS RAZON.!!!

SIEMPRE TUVIMOS RAZÓN… LOS QUE LE DECIMOS NO AL PAGO DE LA DEUDA//Parece que ahora CFK ”se dio cuenta” de que la DEUDA sigue siendo un problema, a pesar de lo que el oficialismo cacareó durante esta dékada nefasta.
Parece que, además, descubrió la pólvora, y se encontró de repente con la REALIDAD de lo que significa el Capitalismo Financiero. Esta muchacha nos quiso hacer creer que podía doblarle el brazo a los buitres que inventaron el juego y sus reglas, en su propio terreno.
El fallo de la Corte Suprema de EEUU, que rechazó la apelación argentina contra los fondos “buitre” (como si los que entraron en los Canjes no lo fueran), puso blanco sobre negro en la DESASTROSA política kirchnerista respecto de la relación del Estado Argentino con quienes se consideran sus “acreedores”.
Es cierto que cuando Néstor Kirchner llegó al gobierno, el problema ya existía. Pero el kirchnerismo, que pudo haberlo solucionado, lo profundizó. En principio, adoptó una postura que ninguneó o cajoneó un dato concreto en favor de la postura argentina: el fallo del Juez Ballesteros del año 2000, que después de 18 años de investigación, declaró a la Deuda Ilegal, Ilegítima y Fraudulenta. El pingüinaje hizo caso omiso a semejante herramienta para la defensa de nuestros intereses como pueblo y, en contradicción, nos sometió a los tribunales foráneos.
La cofradía santacruceña eligió PAGAR lo que NO debíamos. Y para ello, tomó decisiones dignas de lo peor del cipayaje criollo:
a) empezó por pagarle al contado al FMI, y terminó haciendo lo mismo con el Club de París.
b) destinó la enormidad de 174 mil millones de dólares - logrados con el sacrificio del pueblo argentino- a las arcas del Sistema Financiero Internacional, flor y nata del Imperialismo financiero
c) pergeñó un Canje de Deuda en el 2005, que establecía una “ley cerrojo” que, encima, fue abierto dos veces más
d) estructuró, en esos canjes, el sometimiento infame a los tribunales del Imperio (que hoy han fallado definitivamente en contra de Argentina)
e) convalidó otra cláusula que hoy es la llave de la caja de Pandora del problema: la de la “igualación de derechos” entre acreedores, que establece que aquellos que aceptaron las quitas de los Canjes anteriores, tienen derecho a reclamar el 100% de la deuda a partir de este nuevo fallo que le paga la totalidad de lo asumido a los holdouts. Ésa cláusula la ofreció Néstor Kirchner en el primer Canje, para convencer a los tenedores de deuda de aceptar la oferta argentina.
Como se verá, el relato K del fin del problema de la “deuda”, fue el VERSO más grande de la “déKada”. Cualquier análisis SERIO concluía que era el problema fundamental del país y, dadas las decisiones del gobierno, no sólo no iba a terminar, sino que se profundizaría, agigantando nuestro sometimiento al poder financiero globalizado.
Hoy tenemos que el gobierno ha pagado pagado aquellos 174 mil millones de dólares, a pesar de lo cual debemos 220 mil millones más; que le ha pagado al contado al FMI y al Club de París, y hasta por exigencia del sistema financiero y para quedar bien con ellos, a Repsol, un total (entre los tres) de alrededor de 30mil millones de dólares. Ha sometido las cuentas de los índices sociales, otra vez, al FMI. Ha devaluado y ajustado. Ha, en definitiva, trasladado la riqueza producida por los trabajadores de este suelo, a las cuentas de los poderosos del mundo. Y aún así, nos ha dejado atados de pies y manos a los designios de estos verdaderos parásitos globales.
Nada de eso dijo en su alocución de hoy por cadena nacional CFK. Se cuidó muy bien de dar estos detalles, que dejan en claro el cipayismo de sus políticas. Nada cambia que sólo vaya a pagarle a los que entraron en los tres Canjes de Deuda, tan buitres como los holdouts. Lo concreto es que hoy, solamente el 8% de los acreedores está en condiciones de exigir 15mil millones de dólares más, contado y efectivo. Y que el 92% también podría hacerlo encarando nuevos e innumerables juicios contra el país, lo que tendría consecuencias impredecibles para nuestra nación.
CFK declamando con firmeza que no va a “defaultear” la deuda, se asemejó mucho a aquél Avellaneda que le aseguraba al Imperio Británico que iba a pagar la deuda del país con la Baring Brothers “aún con el hambre y laa sed de nuestro pueblo”.
Así es que, a pesar del cacareo K, el problema de la Deuda no sólo volvió, sino que nunca se fue. Políticas tan mentirosas como negligentes no deberían ser pasadas por alto por un pueblo digno. Los responsables de ellas tienen que pagar su entrega de alguna manera. El país que sólo estaba en sus delirantes discursos, acaba de chocar, una vez más, con la realidad a la que ellos mismos lo fueron llevando. Y es que en el Capitalismo, así son las cosas: pertenecer tiene su precio, las reglas las ponen ellos, y nosotros… el sacrificio, las angustias, la salud y la vida. Quien nos quiera hacer creer lo contrario, simplemente nos estará engañando
Lástima que hoy, otra vez, tuvimos razón quienes no fuimos escuchados. Quizá algunos ya estén viendo que hubiese sido mejor NO pagar, tal como algunos reclamábamos incluso antes de la década kirchnerista. Hubiésemos ganado 11 años en el camino de la verdadera y definitiva liberación de nuestro pueblo de las garras del Imperialismo

De mi querido amigo Gustavo Robles!!!!

miércoles, 18 de junio de 2014

La ilusión del metacontrol imperial del caos (*) La mutación del sistema de intervención militar de los Estados Unidos por Jorge Beinstein

La mutación del sistema de intervención militar de los Estados Unidos
Jorge Beinstein
jorgebeinstein@gmail.com
 “Las Ilusiones desesperadas generan vida en tus venas”
 St. Vulestry
 “La gente cree que las soluciones provienen de su capacidad de estudiar
 sensatamente la realidad discernible. En realidad, el mundo ya no
funciona así. Ahora somos un imperio y, cuando actuamos, creamos 
nuestra propia realidad. Y mientras tú estás estudiando esa realidad,
actuaremos de nuevo, creando otras realidades que también puedes 
estudiar. Somos los actores de la historia, y a vosotros, todos vosotros,
sólo os queda estudiar lo que hacemos”.
 Karl Rove, asesor de George W. Bush, verano de 2002 (1)
Guerra y economía
Conceptos tales como “keynesianismo militar” o “economía de la guerra permanente” 
constituyen buenos disparadores para entender el largo ciclo de prosperidad imperial de 
los Estados Unidos: su despegue hace algo más de siete décadas, su auge y el reciente 
ingreso a su etapa de agotamiento abriendo un proceso militarista-decadente 
actualmente en curso.
En 1942 Michal Kelecki exponía el esquema básico de lo que posteriormente fue conocido 
como “keynesianismo militar”. Apoyándose en la experiencia de la economía militarizada 
de la Alemania nazi, el autor señalaba las resistencias de las burguesías de Europa y 
Estados Unidos a la aplicación de políticas estatales de pleno empleo basadas en 
incentivos directos al sector civil y su predisposición a favorecerlas cuando se orientaban 
hacia las actividades militares (2). Más adelante Kalecki ya en plena Guerra Fría describía 
las características decisivas de lo que calificaba como triángulo hegemónico del 
capitalismo norteamericano que combinaba la prosperidad interna con el militarismo 
descripto como convergencia entre gastos militares, manipulación mediática de la 
población y altos niveles de empleo (3).
Esta línea de reflexión, a la que adhirieron entre otros Harry Magdoff, Paul Baran y Paul 
Sweezy, planteaba tanto el éxito a corto-mediano plazo de la estrategia de “Manteca + 
Cañones” (“Guns and Butter Economy”) que fortalecía al mismo tiempo la cohesión social 
interna de los Estados Unidos y su presencia militar global, como sus límites e inevitable 
agotamiento a largo plazo.
Sweezy y Baran pronosticaban (acertadamente) hacia mediados de los años 1960 que 
uno de los límites decisivos de la reproducción del sistema provenía de la propia dinámica 
tecnológica del keynesianismo militar, pues la sofisticación técnica creciente del 
armamento tendía inevitablemente a aumentar la productividad del trabajo reduciendo sus 
efectos positivos sobre el empleo y finalmente la cada vez más costosa carrera 
armamentista tendría efectos nulos o incluso negativos sobre el nivel general de 
ocupación (4). 
Es lo que se hizo evidente desde fines de los años 1990, cuando se inició una nueva 
etapa de gastos militares ascendentes que continúa en la actualidad, marcando el fin de 
la era del keynesianismo militar. Ahora, el desarrollo en los Estados Unidos de la industria de armas y sus áreas asociadas incrementa el gasto público causando déficit fiscal y 
endeudamiento, sin contribuir a aumentar en términos netos el nivel general de empleo. 
En realidad, su peso financiero y su radicalización tecnológica contribuyen de manera 
decisiva a mantener altos niveles de desocupación y un crecimiento económico nacional 
anémico o negativo transformándose así en un catalizador que acelera, profundiza la 
crisis del Imperio (5).
Por otra parte los primeros textos referidos a la llamada “economía de la guerra 
permanente” aparecieron en los Estados Unidos a comienzos de los años 1940. Se 
trataba de una visión simplificadora que, por lo general, subestimaba los ritmos y atajos 
concretos de la historia, pero que hoy resulta sumamente útil para comprender el 
desarrollo del militarismo en el muy largo plazo.
Hacia 1944 Walter Oakes definía una nueva fase del capitalismo donde los gastos 
militares ocupaban una posición central; no se trataba de un hecho coyuntural impuesto 
por la Segunda Guerra Mundial en curso, sino de una transformación cualitativa integral 
del sistema cuya reproducción ampliada universal durante más de un siglo, había 
terminado por generar masas de excedentes de capital que no encontraban en las 
potencias centrales espacios de aplicación en la economía civil productora de bienes y 
servicios de consumo y producción.
La experiencia de los años 1930, como lo demostraba Oakes, señalaba que ni las obras 
públicas del New Deal de Roosevelt en los Estados Unidos, ni la construcción de 
autopistas en Alemania nazi, habían conseguido una significativa recuperación de la 
economía y el empleo: solo la puesta en marcha de la economía de guerra, en Alemania 
primero y desde 1940 en los Estados Unidos, había logrado dichos objetivos (6).
En el caso alemán la carrera armamentista terminó con una derrota catastrófica, en el 
caso norteamericano la victoria no llevó a la reducción del sistema militar-industrial sino a 
su expansión.
Al reducirse los efectos de la guerra, la economía de los Estados Unidos comenzó a 
enfriarse y el peligro de recesión asomó su rostro, pero el inicio de la guerra fría y luego la 
guerra de Corea (1950) alejaron al fantasma abriendo un nuevo ciclo de gastos militares.
En octubre de 1949 el profesor de la Universidad de Harvard Summer Slichter, de gran 
prestigio en ese momento, señalaba ante una convención de banqueros: “[La Guerra Fría] 
incrementa la demanda de bienes, ayuda a mantener un alto nivel de empleo, acelera el 
progreso tecnológico, todo lo cual mejora el nivel de vida en nuestro país… en 
consecuencia nosotros deberíamos agradecer a los rusos por su contribución para que el 
capitalismo funcione mejor que nunca en los Estados Unidos” . Hacia 1954 aparecía la 
siguiente afirmación en la revista U.S. News & World Report: “¿Qué significa para el 
mundo de los negocios la Bomba H?: un largo período de grandes ventas que se 
incrementarán en los próximos años. Podríamos concluir con esta afirmación: la bomba H 
ha arrojado a la recesión por la ventana” (7).
Como lo señalaba a comienzos de los años 1950 T. N. Vance, uno los teóricos de la 
“economía de la guerra permanente”, los Estados Unidos habían ingresado en una 
sucesión de guerras que definían de manera irreversible las grandes orientaciones de la 
sociedad, después de la guerra de Corea solo cabía esperar nuevas guerras (8).
En su texto fundacional de la teoría, Walter Oakes realizaba dos pronósticos decisivos: la
inevitablidad de una tercera guerra mundial que ubicaba hacia 1960 y el empobrecimiento de los trabajadores norteamericanos desde fines de los años 1940, provocada por la 
dinámica de concentración de ingresos motorizada por el complejo militar-industrial (9).
Podemos en principio considerar desacertados a dichos pronósticos. No se produjo la 
tercera guerra mundial aunque se consolidó la Guerra Fría, que mantuvo la ola militarista 
durante más de cuatro décadas, atravesada por dos grandes guerras regionales (Corea y 
Vietnam) y una densa serie de pequeñas y medianas intervenciones imperiales directas e 
indirectas. Cuando se esfumó la Guerra Fría, luego de un breve intermedio en los años 
1990 la guerra universal del Imperio prosiguió contra nuevos “enemigos” que justificaban 
su desarrollo (“guerras humanitarias”, “guerra global contra el terrorismo”, etcétera): la 
oferta de servicios militares, el “aparato militarista” y las áreas asociadas al mismo 
creaban, inventaban, su propia demanda.
Tampoco se precipitó el empobrecimiento de las clases bajas de los Estados Unidos; por 
el contrario, la redistribución keynesiana de ingresos se mantuvo hasta los años 1970, el 
nivel de vida de los trabajadores y las clases medias mejoró sustancialmente, funcionó la 
interacción positiva entre militarismo y prosperidad general. A eso contribuyeron varios 
factores, entre ellos la explotación de la periferia ampliada gracias a la emergencia de los 
Estados Unidos como superpotencia mundial apuntalada por su aparato militar, el 
restablecimiento de las potencias capitalistas afectadas por la guerra (Japón, Europa 
Occidental) que en la nueva era se encontraban estrechamente asociadas a los Estados 
Unidos y el enorme efecto multiplicador a nivel interno de los gastos militares sobre el 
consumo, el empleo y la innovación tecnológica. Algunos de estos factores, subestimados 
por Oakes, habían sido señalados a mediados de los años 1960 por Sweezy y Baran (10).
Sin embargo la llegada de Ronald Reagan a la Casa Blanca (1980) marcó una ruptura en 
la tendencia (aunque ya desde los años 1970 habían aparecido los primeros síntomas de 
la enfermedad), y se inició un proceso de concentración de ingresos que fue avanzando 
cada vez más rápido en las décadas posteriores.
Entre 1950 y 1980 el 1 % más rico de la población de los Estados Unidos absorbía cerca 
del 10 % del Ingreso Nacional (entre 1968 y 1978 se mantuvo por debajo de esa cifra) 
pero a partir de comienzos de los años 1980 esa participación fue ascendiendo, hacia 
1990 llegaba al 15 % y cerca de 2009 se aproximaba al 25 %.
Por su parte el 10 % más rico absorbía el 33 % del Ingreso Nacional en 1950, 
manteniéndose siempre por debajo del 35 % hasta fines de los años 1970, pero en 1990 
ya llegaba al 40 % y en 2007 al 50 % (11).
El salario horario promedio fue ascendiendo en términos reales desde los años 1940 
hasta comienzos de los años 1970 en que comenzó a descender y un cuarto de siglo más 
tarde había bajado en casi un 20 % (12). A partir de la crisis de 2007-2008 con el rápido 
aumento de la desocupación se aceleró la concentración de ingresos y la caída salarial: 
algunos autores utilizan el término “implosión salarial” (13).
Una buena expresión del deterioro social es el aumento de los estadounidenses que 
reciben bonos de ayuda alimentaria (“food stamps”), dicha población indigente llegaba a 
casi 3 millones en 1969 (en plena prosperidad keynesiana), subieron a 21millones en 
1980, a 25 millones en 1995 y a 47 millones en 2012 (14).
Mientras tanto los gastos militares no dejaron de crecer, impulsados por sucesivas olas 
belicistas incluidas en el primer gran ciclo de la guerra fría (1946-1991) y en el segundo 
ciclo de la “guerra contra el terrorismo” y las “guerras humanitarias” desde fines de los 
años 1990 hasta el presente (Guerra de Corea, Guerra de Vietnam, “Guerra de las Galaxias” de la era Reagan, Guerra de Kosovo, Guerras de Irak y Afganistán, etcétera).
Luego de la Segunda Guerra Mundial podemos establecer dos períodos bien 
diferenciados en la relación entre gastos públicos y crecimiento económico (y del empleo) 
en los Estados Unidos. El primero abarca desde mediados de los años 1940 hasta fines 
de los años 1960 donde los gastos públicos crecen y las tasas de crecimiento económico 
se mantienen en un nivel elevado, son los años dorados del keynesianismo militar.
El mismo es seguido por un período donde los gastos públicos siguen subiendo 
tendencialmente pero las tasas de crecimiento económico oscilan en torno de una línea 
descendente, marcando la decadencia y fin del keynesianismo: el efecto multiplicador 
positivo del gasto público declina inexorablemente hasta llegar al dilema sin solución, 
evidente en estos últimos años de crecimientos económicos anémicos donde una 
reducción del gasto estatal tendría fuertes efectos recesivos mientras que su incremento 
posible (cada vez menos posible) no mejora de manera significativa la situación.
Así como el “éxito” histórico del capitalismo liberal en el siglo XIX produjo las condiciones 
de su crisis, su superador keynesiano también generó los factores de su posterior 
decadencia.
La marcha exitosa del capitalismo liberal concluyó con una gigantesca crisis de 
sobreproducción y sobreacumulación de capitales que desató rivalidades 
interimperialistas, militarismo y estalló bajo la forma de Primera Guerra Mundial (1914-
1918). La “solución” consistió en la expansión del Estado, en especial su estructura militar, 
Alemania y Japón fueron los pioneros.
La transición turbulenta entre el viejo y el nuevo sistema duró cerca de tres décadas 
(1914-1945) y de ella emergieron los Estados Unidos como única superpotencia 
capitalista integrando estratégicamente a su esfera de dominación a las otras grandes 
economías del sistema. El keynesianismo militar norteamericano apareció entonces en el 
centro dominante de los Estados Unidos: el centro del mundo capitalista. Vance señalaba 
que “con el comienzo de la Segunda Guerra Mundial los Estados Unidos y el capitalismo 
mundial entraron en la nueva era de la Economía de la Guerra Permanente” (15). Fue así 
si lo entendemos como victoria definitiva del nuevo sistema precedida por una compleja 
etapa preparatoria iniciada en la segunda década del siglo XX.
Su génesis está marcada por el nazismo, primer ensayo exitoso-catastrófico de 
“keynesianismo militar”: su trama ideológica, que lleva hasta el límite más extremo el 
delirio de la supremacía occidental, sigue aportando ideas a las formas imperialistas más 
radicales de Occidente, como los halcones de George W. Bush o los sionistas neonazis 
del siglo XXI. Por otra parte, estudios rigurosos del fenómeno nazi descubren no solo sus 
raíces europeas (fascismo italiano, nacionalismo francés, etcétera) sino también 
norteamericanas (16). Aunque luego de la guerra el triunfo de la economía militarizada en 
los Estados Unidos asumió un rostro “civil” y “democrático”, ocultando sus fundamentos 
bélicos.
La decadencia del keynesianismo militar encuentra una primera explicación en su 
hipertrofia e integración con un espacio parasitario imperial más amplio donde la trama 
financiera ocupa un lugar decisivo. En una primera etapa el aparato industrial-militar y su 
entorno se expandieron convirtiendo al gasto estatal en empleos directos e indirectos, en 
transferencias tecnológicas dinamizadoras del sector privado, en garantía blindada de los 
negocios imperialistas externos, etcétera. Pero con el correr del tiempo, con el ascenso de 
la prosperidad imperial, incentivó y fue incentivado por una multiplicidad de formas
sociales que parasitaban sobre el resto del mundo al mismo tiempo que tomaban cada 
vez mayor peso interno.
Además el continuo crecimiento económico terminó provocando saturaciones de 
mercados locales, acumulaciones crecientes de capital, concentración empresaria y de 
ingresos. El capitalismo norteamericano y global se encaminaba hacia fines de los años 
1960 hacia una gran crisis de sobreproducción que provocó las primeras perturbaciones 
importantes bajo la forma de crisis monetarias (crisis de la libra esterlina, fin del patrón 
dólar-oro en 1971), luego energéticas (shocks petroleros de 1973-74 y 1979) atravesadas 
por desajustes inflacionarios y recesivos (“estanflación”).
En las décadas siguientes la crisis no fue superada sino amortiguada, postergada través 
de la superexplotación y el saqueo de la periferia, la financierización, los gastos militares, 
etcétera. Todo ello no reinstaló el dinamismo de la postguerra pero impidió el derrumbe, 
suavizó la enfermedad agravándola a largo plazo.
La tasa de crecimiento real de la economía norteamericana fue recorriendo de manera 
irregular una línea descendente y en consecuencia sus gastos improductivos crecientes 
fueron cada vez menos respaldados por la recaudación tributaria. Y al déficit fiscal se le 
sumó el déficit del comercio exterior perpetuado por la pérdida de competitividad global de 
la industria.
El Imperio se fue convirtiendo en un mega parásito mundial, acumuló deudas públicas y 
privadas ingresando en un círculo vicioso ya visto en otros imperios decadentes; el 
parasitismo degrada al parásito, lo hace más y más dependiente del resto del mundo, lo 
que exacerba su intervencionismo global, su agresividad militar.
El mundo es demasiado grande desde el punto de vista de sus recursos concretos 
(financieros, militares, etcétera) pero el logro del objetivo históricamente imposible de 
dominación global es su única posibilidad de salvación como Imperio. Los gastos militares 
y el parasitismo en general aumentan, los déficits crecen, la economía se estanca, la 
estructura social interna se deteriora… lo que Paul Kennedy definía como “excesiva 
extensión imperial” (17) es un hecho objetivo determinado por las necesidades imperiales 
que opera como una trampa histórica de la que el Imperio no puede salir.
sociales que parasitaban sobre el resto del mundo al mismo tiempo que tomaban cada 
vez mayor peso interno.
Además el continuo crecimiento económico terminó provocando saturaciones de 
mercados locales, acumulaciones crecientes de capital, concentración empresaria y de 
ingresos. El capitalismo norteamericano y global se encaminaba hacia fines de los años 
1960 hacia una gran crisis de sobreproducción que provocó las primeras perturbaciones 
importantes bajo la forma de crisis monetarias (crisis de la libra esterlina, fin del patrón 
dólar-oro en 1971), luego energéticas (shocks petroleros de 1973-74 y 1979) atravesadas 
por desajustes inflacionarios y recesivos (“estanflación”).
En las décadas siguientes la crisis no fue superada sino amortiguada, postergada través 
de la superexplotación y el saqueo de la periferia, la financierización, los gastos militares, 
etcétera. Todo ello no reinstaló el dinamismo de la postguerra pero impidió el derrumbe, 
suavizó la enfermedad agravándola a largo plazo.
La tasa de crecimiento real de la economía norteamericana fue recorriendo de manera 
irregular una línea descendente y en consecuencia sus gastos improductivos crecientes 
fueron cada vez menos respaldados por la recaudación tributaria. Y al déficit fiscal se le 
sumó el déficit del comercio exterior perpetuado por la pérdida de competitividad global de 
la industria.
El Imperio se fue convirtiendo en un mega parásito mundial, acumuló deudas públicas y 
privadas ingresando en un círculo vicioso ya visto en otros imperios decadentes; el 
parasitismo degrada al parásito, lo hace más y más dependiente del resto del mundo, lo 
que exacerba su intervencionismo global, su agresividad militar.
El mundo es demasiado grande desde el punto de vista de sus recursos concretos 
(financieros, militares, etcétera) pero el logro del objetivo históricamente imposible de 
dominación global es su única posibilidad de salvación como Imperio. Los gastos militares 
y el parasitismo en general aumentan, los déficits crecen, la economía se estanca, la 
estructura social interna se deteriora… lo que Paul Kennedy definía como “excesiva 
extensión imperial” (17) es un hecho objetivo determinado por las necesidades imperiales 
que opera como una trampa histórica de la que el Imperio no puede salir.sociales que parasitaban sobre el resto del mundo al mismo tiempo que tomaban cada 
vez mayor peso interno.
Además el continuo crecimiento económico terminó provocando saturaciones de 
mercados locales, acumulaciones crecientes de capital, concentración empresaria y de 
ingresos. El capitalismo norteamericano y global se encaminaba hacia fines de los años 
1960 hacia una gran crisis de sobreproducción que provocó las primeras perturbaciones 
importantes bajo la forma de crisis monetarias (crisis de la libra esterlina, fin del patrón 
dólar-oro en 1971), luego energéticas (shocks petroleros de 1973-74 y 1979) atravesadas 
por desajustes inflacionarios y recesivos (“estanflación”).
En las décadas siguientes la crisis no fue superada sino amortiguada, postergada través 
de la superexplotación y el saqueo de la periferia, la financierización, los gastos militares, 
etcétera. Todo ello no reinstaló el dinamismo de la postguerra pero impidió el derrumbe, 
suavizó la enfermedad agravándola a largo plazo.
La tasa de crecimiento real de la economía norteamericana fue recorriendo de manera 
irregular una línea descendente y en consecuencia sus gastos improductivos crecientes 
fueron cada vez menos respaldados por la recaudación tributaria. Y al déficit fiscal se le 
sumó el déficit del comercio exterior perpetuado por la pérdida de competitividad global de 
la industria.
El Imperio se fue convirtiendo en un mega parásito mundial, acumuló deudas públicas y 
privadas ingresando en un círculo vicioso ya visto en otros imperios decadentes; el 
parasitismo degrada al parásito, lo hace más y más dependiente del resto del mundo, lo 
que exacerba su intervencionismo global, su agresividad militar.
El mundo es demasiado grande desde el punto de vista de sus recursos concretos 
(financieros, militares, etcétera) pero el logro del objetivo históricamente imposible de 
dominación global es su única posibilidad de salvación como Imperio. Los gastos militares 
y el parasitismo en general aumentan, los déficits crecen, la economía se estanca, la 
estructura social interna se deteriora… lo que Paul Kennedy definía como “excesiva 
extensión imperial” (17) es un hecho objetivo determinado por las necesidades imperiales 
que opera como una trampa histórica de la que el Imperio no puede salir.sociales que parasitaban sobre el resto del mundo al mismo tiempo que tomaban cada 
vez mayor peso interno.
Además el continuo crecimiento económico terminó provocando saturaciones de 
mercados locales, acumulaciones crecientes de capital, concentración empresaria y de 
ingresos. El capitalismo norteamericano y global se encaminaba hacia fines de los años 
1960 hacia una gran crisis de sobreproducción que provocó las primeras perturbaciones 
importantes bajo la forma de crisis monetarias (crisis de la libra esterlina, fin del patrón 
dólar-oro en 1971), luego energéticas (shocks petroleros de 1973-74 y 1979) atravesadas 
por desajustes inflacionarios y recesivos (“estanflación”).
En las décadas siguientes la crisis no fue superada sino amortiguada, postergada través 
de la superexplotación y el saqueo de la periferia, la financierización, los gastos militares, 
etcétera. Todo ello no reinstaló el dinamismo de la postguerra pero impidió el derrumbe, 
suavizó la enfermedad agravándola a largo plazo.
La tasa de crecimiento real de la economía norteamericana fue recorriendo de manera 
irregular una línea descendente y en consecuencia sus gastos improductivos crecientes 
fueron cada vez menos respaldados por la recaudación tributaria. Y al déficit fiscal se le 
sumó el déficit del comercio exterior perpetuado por la pérdida de competitividad global de 
la industria.
El Imperio se fue convirtiendo en un mega parásito mundial, acumuló deudas públicas y 
privadas ingresando en un círculo vicioso ya visto en otros imperios decadentes; el 
parasitismo degrada al parásito, lo hace más y más dependiente del resto del mundo, lo 
que exacerba su intervencionismo global, su agresividad militar.
El mundo es demasiado grande desde el punto de vista de sus recursos concretos 
(financieros, militares, etcétera) pero el logro del objetivo históricamente imposible de 
dominación global es su única posibilidad de salvación como Imperio. Los gastos militares 
y el parasitismo en general aumentan, los déficits crecen, la economía se estanca, la 
estructura social interna se deteriora… lo que Paul Kennedy definía como “excesiva 
extensión imperial” (17) es un hecho objetivo determinado por las necesidades imperiales 
que opera como una trampa histórica de la que el Imperio no puede salir.

La mutación del sistema de intervención militar de los Estados Unidos
Jorge Beinstein
jorgebeinstein@gmail.com
 “Las Ilusiones desesperadas generan vida en tus venas”
 St. Vulestry
 “La gente cree que las soluciones provienen de su capacidad de estudiar
 sensatamente la realidad discernible. En realidad, el mundo ya no
funciona así. Ahora somos un imperio y, cuando actuamos, creamos 
nuestra propia realidad. Y mientras tú estás estudiando esa realidad,
actuaremos de nuevo, creando otras realidades que también puedes 
estudiar. Somos los actores de la historia, y a vosotros, todos vosotros,
sólo os queda estudiar lo que hacemos”.
 Karl Rove, asesor de George W. Bush, verano de 2002 (1)
Guerra y economía
Conceptos tales como “keynesianismo militar” o “economía de la guerra permanente” 
constituyen buenos disparadores para entender el largo ciclo de prosperidad imperial de 
los Estados Unidos: su despegue hace algo más de siete décadas, su auge y el reciente 
ingreso a su etapa de agotamiento abriendo un proceso militarista-decadente 
actualmente en curso.
En 1942 Michal Kelecki exponía el esquema básico de lo que posteriormente fue conocido 
como “keynesianismo militar”. Apoyándose en la experiencia de la economía militarizada 
de la Alemania nazi, el autor señalaba las resistencias de las burguesías de Europa y 
Estados Unidos a la aplicación de políticas estatales de pleno empleo basadas en 
incentivos directos al sector civil y su predisposición a favorecerlas cuando se orientaban 
hacia las actividades militares (2). Más adelante Kalecki ya en plena Guerra Fría describía 
las características decisivas de lo que calificaba como triángulo hegemónico del 
capitalismo norteamericano que combinaba la prosperidad interna con el militarismo 
descripto como convergencia entre gastos militares, manipulación mediática de la 
población y altos niveles de empleo (3).
Esta línea de reflexión, a la que adhirieron entre otros Harry Magdoff, Paul Baran y Paul 
Sweezy, planteaba tanto el éxito a corto-mediano plazo de la estrategia de “Manteca + 
Cañones” (“Guns and Butter Economy”) que fortalecía al mismo tiempo la cohesión social 
interna de los Estados Unidos y su presencia militar global, como sus límites e inevitable 
agotamiento a largo plazo.
Sweezy y Baran pronosticaban (acertadamente) hacia mediados de los años 1960 que 
uno de los límites decisivos de la reproducción del sistema provenía de la propia dinámica 
tecnológica del keynesianismo militar, pues la sofisticación técnica creciente del 
armamento tendía inevitablemente a aumentar la productividad del trabajo reduciendo sus 
efectos positivos sobre el empleo y finalmente la cada vez más costosa carrera 
armamentista tendría efectos nulos o incluso negativos sobre el nivel general de 
ocupación (4). 
Es lo que se hizo evidente desde fines de los años 1990, cuando se inició una nueva 
etapa de gastos militares ascendentes que continúa en la actualidad, marcando el fin de 
la era del keynesianismo militar. Ahora, el desarrollo en los Estados Unidos de la industria de armas y sus áreas asociadas incrementa el gasto público causando déficit fiscal y 
endeudamiento, sin contribuir a aumentar en términos netos el nivel general de empleo. 
En realidad, su peso financiero y su radicalización tecnológica contribuyen de manera 
decisiva a mantener altos niveles de desocupación y un crecimiento económico nacional 
anémico o negativo transformándose así en un catalizador que acelera, profundiza la 
crisis del Imperio (5).
Por otra parte los primeros textos referidos a la llamada “economía de la guerra 
permanente” aparecieron en los Estados Unidos a comienzos de los años 1940. Se 
trataba de una visión simplificadora que, por lo general, subestimaba los ritmos y atajos 
concretos de la historia, pero que hoy resulta sumamente útil para comprender el 
desarrollo del militarismo en el muy largo plazo.
Hacia 1944 Walter Oakes definía una nueva fase del capitalismo donde los gastos 
militares ocupaban una posición central; no se trataba de un hecho coyuntural impuesto 
por la Segunda Guerra Mundial en curso, sino de una transformación cualitativa integral 
del sistema cuya reproducción ampliada universal durante más de un siglo, había 
terminado por generar masas de excedentes de capital que no encontraban en las 
potencias centrales espacios de aplicación en la economía civil productora de bienes y 
servicios de consumo y producción.
La experiencia de los años 1930, como lo demostraba Oakes, señalaba que ni las obras 
públicas del New Deal de Roosevelt en los Estados Unidos, ni la construcción de 
autopistas en Alemania nazi, habían conseguido una significativa recuperación de la 
economía y el empleo: solo la puesta en marcha de la economía de guerra, en Alemania 
primero y desde 1940 en los Estados Unidos, había logrado dichos objetivos (6).
En el caso alemán la carrera armamentista terminó con una derrota catastrófica, en el 
caso norteamericano la victoria no llevó a la reducción del sistema militar-industrial sino a 
su expansión.
Al reducirse los efectos de la guerra, la economía de los Estados Unidos comenzó a 
enfriarse y el peligro de recesión asomó su rostro, pero el inicio de la guerra fría y luego la 
guerra de Corea (1950) alejaron al fantasma abriendo un nuevo ciclo de gastos militares.
En octubre de 1949 el profesor de la Universidad de Harvard Summer Slichter, de gran 
prestigio en ese momento, señalaba ante una convención de banqueros: “[La Guerra Fría] 
incrementa la demanda de bienes, ayuda a mantener un alto nivel de empleo, acelera el 
progreso tecnológico, todo lo cual mejora el nivel de vida en nuestro país… en 
consecuencia nosotros deberíamos agradecer a los rusos por su contribución para que el 
capitalismo funcione mejor que nunca en los Estados Unidos” . Hacia 1954 aparecía la 
siguiente afirmación en la revista U.S. News & World Report: “¿Qué significa para el 
mundo de los negocios la Bomba H?: un largo período de grandes ventas que se 
incrementarán en los próximos años. Podríamos concluir con esta afirmación: la bomba H 
ha arrojado a la recesión por la ventana” (7).
Como lo señalaba a comienzos de los años 1950 T. N. Vance, uno los teóricos de la 
“economía de la guerra permanente”, los Estados Unidos habían ingresado en una 
sucesión de guerras que definían de manera irreversible las grandes orientaciones de la 
sociedad, después de la guerra de Corea solo cabía esperar nuevas guerras (8).
En su texto fundacional de la teoría, Walter Oakes realizaba dos pronósticos decisivos: la
inevitablidad de una tercera guerra mundial que ubicaba hacia 1960 y el empobrecimiento de los trabajadores norteamericanos desde fines de los años 1940, provocada por la 
dinámica de concentración de ingresos motorizada por el complejo militar-industrial (9).
Podemos en principio considerar desacertados a dichos pronósticos. No se produjo la 
tercera guerra mundial aunque se consolidó la Guerra Fría, que mantuvo la ola militarista 
durante más de cuatro décadas, atravesada por dos grandes guerras regionales (Corea y 
Vietnam) y una densa serie de pequeñas y medianas intervenciones imperiales directas e 
indirectas. Cuando se esfumó la Guerra Fría, luego de un breve intermedio en los años 
1990 la guerra universal del Imperio prosiguió contra nuevos “enemigos” que justificaban 
su desarrollo (“guerras humanitarias”, “guerra global contra el terrorismo”, etcétera): la 
oferta de servicios militares, el “aparato militarista” y las áreas asociadas al mismo 
creaban, inventaban, su propia demanda.
Tampoco se precipitó el empobrecimiento de las clases bajas de los Estados Unidos; por 
el contrario, la redistribución keynesiana de ingresos se mantuvo hasta los años 1970, el 
nivel de vida de los trabajadores y las clases medias mejoró sustancialmente, funcionó la 
interacción positiva entre militarismo y prosperidad general. A eso contribuyeron varios 
factores, entre ellos la explotación de la periferia ampliada gracias a la emergencia de los 
Estados Unidos como superpotencia mundial apuntalada por su aparato militar, el 
restablecimiento de las potencias capitalistas afectadas por la guerra (Japón, Europa 
Occidental) que en la nueva era se encontraban estrechamente asociadas a los Estados 
Unidos y el enorme efecto multiplicador a nivel interno de los gastos militares sobre el 
consumo, el empleo y la innovación tecnológica. Algunos de estos factores, subestimados 
por Oakes, habían sido señalados a mediados de los años 1960 por Sweezy y Baran (10).
Sin embargo la llegada de Ronald Reagan a la Casa Blanca (1980) marcó una ruptura en 
la tendencia (aunque ya desde los años 1970 habían aparecido los primeros síntomas de 
la enfermedad), y se inició un proceso de concentración de ingresos que fue avanzando 
cada vez más rápido en las décadas posteriores.
Entre 1950 y 1980 el 1 % más rico de la población de los Estados Unidos absorbía cerca 
del 10 % del Ingreso Nacional (entre 1968 y 1978 se mantuvo por debajo de esa cifra) 
pero a partir de comienzos de los años 1980 esa participación fue ascendiendo, hacia 
1990 llegaba al 15 % y cerca de 2009 se aproximaba al 25 %.
Por su parte el 10 % más rico absorbía el 33 % del Ingreso Nacional en 1950, 
manteniéndose siempre por debajo del 35 % hasta fines de los años 1970, pero en 1990 
ya llegaba al 40 % y en 2007 al 50 % (11).
El salario horario promedio fue ascendiendo en términos reales desde los años 1940 
hasta comienzos de los años 1970 en que comenzó a descender y un cuarto de siglo más 
tarde había bajado en casi un 20 % (12). A partir de la crisis de 2007-2008 con el rápido 
aumento de la desocupación se aceleró la concentración de ingresos y la caída salarial: 
algunos autores utilizan el término “implosión salarial” (13).
Una buena expresión del deterioro social es el aumento de los estadounidenses que 
reciben bonos de ayuda alimentaria (“food stamps”), dicha población indigente llegaba a 
casi 3 millones en 1969 (en plena prosperidad keynesiana), subieron a 21millones en 
1980, a 25 millones en 1995 y a 47 millones en 2012 (14).
Mientras tanto los gastos militares no dejaron de crecer, impulsados por sucesivas olas 
belicistas incluidas en el primer gran ciclo de la guerra fría (1946-1991) y en el segundo 
ciclo de la “guerra contra el terrorismo” y las “guerras humanitarias” desde fines de los 
años 1990 hasta el presente (Guerra de Corea, Guerra de Vietnam, “Guerra de las Galaxias” de la era Reagan, Guerra de Kosovo, Guerras de Irak y Afganistán, etcétera).
Luego de la Segunda Guerra Mundial podemos establecer dos períodos bien 
diferenciados en la relación entre gastos públicos y crecimiento económico (y del empleo) 
en los Estados Unidos. El primero abarca desde mediados de los años 1940 hasta fines 
de los años 1960 donde los gastos públicos crecen y las tasas de crecimiento económico 
se mantienen en un nivel elevado, son los años dorados del keynesianismo militar.
El mismo es seguido por un período donde los gastos públicos siguen subiendo 
tendencialmente pero las tasas de crecimiento económico oscilan en torno de una línea 
descendente, marcando la decadencia y fin del keynesianismo: el efecto multiplicador 
positivo del gasto público declina inexorablemente hasta llegar al dilema sin solución, 
evidente en estos últimos años de crecimientos económicos anémicos donde una 
reducción del gasto estatal tendría fuertes efectos recesivos mientras que su incremento 
posible (cada vez menos posible) no mejora de manera significativa la situación.
Así como el “éxito” histórico del capitalismo liberal en el siglo XIX produjo las condiciones 
de su crisis, su superador keynesiano también generó los factores de su posterior 
decadencia.
La marcha exitosa del capitalismo liberal concluyó con una gigantesca crisis de 
sobreproducción y sobreacumulación de capitales que desató rivalidades 
interimperialistas, militarismo y estalló bajo la forma de Primera Guerra Mundial (1914-
1918). La “solución” consistió en la expansión del Estado, en especial su estructura militar, 
Alemania y Japón fueron los pioneros.
La transición turbulenta entre el viejo y el nuevo sistema duró cerca de tres décadas 
(1914-1945) y de ella emergieron los Estados Unidos como única superpotencia 
capitalista integrando estratégicamente a su esfera de dominación a las otras grandes 
economías del sistema. El keynesianismo militar norteamericano apareció entonces en el 
centro dominante de los Estados Unidos: el centro del mundo capitalista. Vance señalaba 
que “con el comienzo de la Segunda Guerra Mundial los Estados Unidos y el capitalismo 
mundial entraron en la nueva era de la Economía de la Guerra Permanente” (15). Fue así 
si lo entendemos como victoria definitiva del nuevo sistema precedida por una compleja 
etapa preparatoria iniciada en la segunda década del siglo XX.
Su génesis está marcada por el nazismo, primer ensayo exitoso-catastrófico de 
“keynesianismo militar”: su trama ideológica, que lleva hasta el límite más extremo el 
delirio de la supremacía occidental, sigue aportando ideas a las formas imperialistas más 
radicales de Occidente, como los halcones de George W. Bush o los sionistas neonazis 
del siglo XXI. Por otra parte, estudios rigurosos del fenómeno nazi descubren no solo sus 
raíces europeas (fascismo italiano, nacionalismo francés, etcétera) sino también 
norteamericanas (16). Aunque luego de la guerra el triunfo de la economía militarizada en 
los Estados Unidos asumió un rostro “civil” y “democrático”, ocultando sus fundamentos 
bélicos.
La decadencia del keynesianismo militar encuentra una primera explicación en su 
hipertrofia e integración con un espacio parasitario imperial más amplio donde la trama 
financiera ocupa un lugar decisivo. En una primera etapa el aparato industrial-militar y su 
entorno se expandieron convirtiendo al gasto estatal en empleos directos e indirectos, en 
transferencias tecnológicas dinamizadoras del sector privado, en garantía blindada de los 
negocios imperialistas externos, etcétera. Pero con el correr del tiempo, con el ascenso de 
la prosperidad imperial, incentivó y fue incentivado por una multiplicidad de formas
sociales que parasitaban sobre el resto del mundo al mismo tiempo que tomaban cada 
vez mayor peso interno.
Además el continuo crecimiento económico terminó provocando saturaciones de 
mercados locales, acumulaciones crecientes de capital, concentración empresaria y de 
ingresos. El capitalismo norteamericano y global se encaminaba hacia fines de los años 
1960 hacia una gran crisis de sobreproducción que provocó las primeras perturbaciones 
importantes bajo la forma de crisis monetarias (crisis de la libra esterlina, fin del patrón 
dólar-oro en 1971), luego energéticas (shocks petroleros de 1973-74 y 1979) atravesadas 
por desajustes inflacionarios y recesivos (“estanflación”).
En las décadas siguientes la crisis no fue superada sino amortiguada, postergada través 
de la superexplotación y el saqueo de la periferia, la financierización, los gastos militares, 
etcétera. Todo ello no reinstaló el dinamismo de la postguerra pero impidió el derrumbe, 
suavizó la enfermedad agravándola a largo plazo.
La tasa de crecimiento real de la economía norteamericana fue recorriendo de manera 
irregular una línea descendente y en consecuencia sus gastos improductivos crecientes 
fueron cada vez menos respaldados por la recaudación tributaria. Y al déficit fiscal se le 
sumó el déficit del comercio exterior perpetuado por la pérdida de competitividad global de 
la industria.
El Imperio se fue convirtiendo en un mega parásito mundial, acumuló deudas públicas y 
privadas ingresando en un círculo vicioso ya visto en otros imperios decadentes; el 
parasitismo degrada al parásito, lo hace más y más dependiente del resto del mundo, lo 
que exacerba su intervencionismo global, su agresividad militar.
El mundo es demasiado grande desde el punto de vista de sus recursos concretos 
(financieros, militares, etcétera) pero el logro del objetivo históricamente imposible de 
dominación global es su única posibilidad de salvación como Imperio. Los gastos militares 
y el parasitismo en general aumentan, los déficits crecen, la economía se estanca, la 
estructura social interna se deteriora… lo que Paul Kennedy definía como “excesiva 
extensión imperial” (17) es un hecho objetivo determinado por las necesidades imperiales 
que opera como una trampa histórica de la que el Imperio no puede salir.
sociales que parasitaban sobre el resto del mundo al mismo tiempo que tomaban cada 
vez mayor peso interno.
Además el continuo crecimiento económico terminó provocando saturaciones de 
mercados locales, acumulaciones crecientes de capital, concentración empresaria y de 
ingresos. El capitalismo norteamericano y global se encaminaba hacia fines de los años 
1960 hacia una gran crisis de sobreproducción que provocó las primeras perturbaciones 
importantes bajo la forma de crisis monetarias (crisis de la libra esterlina, fin del patrón 
dólar-oro en 1971), luego energéticas (shocks petroleros de 1973-74 y 1979) atravesadas 
por desajustes inflacionarios y recesivos (“estanflación”).
En las décadas siguientes la crisis no fue superada sino amortiguada, postergada través 
de la superexplotación y el saqueo de la periferia, la financierización, los gastos militares, 
etcétera. Todo ello no reinstaló el dinamismo de la postguerra pero impidió el derrumbe, 
suavizó la enfermedad agravándola a largo plazo.
La tasa de crecimiento real de la economía norteamericana fue recorriendo de manera 
irregular una línea descendente y en consecuencia sus gastos improductivos crecientes 
fueron cada vez menos respaldados por la recaudación tributaria. Y al déficit fiscal se le 
sumó el déficit del comercio exterior perpetuado por la pérdida de competitividad global de 
la industria.
El Imperio se fue convirtiendo en un mega parásito mundial, acumuló deudas públicas y 
privadas ingresando en un círculo vicioso ya visto en otros imperios decadentes; el 
parasitismo degrada al parásito, lo hace más y más dependiente del resto del mundo, lo 
que exacerba su intervencionismo global, su agresividad militar.
El mundo es demasiado grande desde el punto de vista de sus recursos concretos 
(financieros, militares, etcétera) pero el logro del objetivo históricamente imposible de 
dominación global es su única posibilidad de salvación como Imperio. Los gastos militares 
y el parasitismo en general aumentan, los déficits crecen, la economía se estanca, la 
estructura social interna se deteriora… lo que Paul Kennedy definía como “excesiva 
extensión imperial” (17) es un hecho objetivo determinado por las necesidades imperiales 
que opera como una trampa histórica de la que el Imperio no puede salir.sociales que parasitaban sobre el resto del mundo al mismo tiempo que tomaban cada 
vez mayor peso interno.
Además el continuo crecimiento económico terminó provocando saturaciones de 
mercados locales, acumulaciones crecientes de capital, concentración empresaria y de 
ingresos. El capitalismo norteamericano y global se encaminaba hacia fines de los años 
1960 hacia una gran crisis de sobreproducción que provocó las primeras perturbaciones 
importantes bajo la forma de crisis monetarias (crisis de la libra esterlina, fin del patrón 
dólar-oro en 1971), luego energéticas (shocks petroleros de 1973-74 y 1979) atravesadas 
por desajustes inflacionarios y recesivos (“estanflación”).
En las décadas siguientes la crisis no fue superada sino amortiguada, postergada través 
de la superexplotación y el saqueo de la periferia, la financierización, los gastos militares, 
etcétera. Todo ello no reinstaló el dinamismo de la postguerra pero impidió el derrumbe, 
suavizó la enfermedad agravándola a largo plazo.
La tasa de crecimiento real de la economía norteamericana fue recorriendo de manera 
irregular una línea descendente y en consecuencia sus gastos improductivos crecientes 
fueron cada vez menos respaldados por la recaudación tributaria. Y al déficit fiscal se le 
sumó el déficit del comercio exterior perpetuado por la pérdida de competitividad global de 
la industria.
El Imperio se fue convirtiendo en un mega parásito mundial, acumuló deudas públicas y 
privadas ingresando en un círculo vicioso ya visto en otros imperios decadentes; el 
parasitismo degrada al parásito, lo hace más y más dependiente del resto del mundo, lo 
que exacerba su intervencionismo global, su agresividad militar.
El mundo es demasiado grande desde el punto de vista de sus recursos concretos 
(financieros, militares, etcétera) pero el logro del objetivo históricamente imposible de 
dominación global es su única posibilidad de salvación como Imperio. Los gastos militares 
y el parasitismo en general aumentan, los déficits crecen, la economía se estanca, la 
estructura social interna se deteriora… lo que Paul Kennedy definía como “excesiva 
extensión imperial” (17) es un hecho objetivo determinado por las necesidades imperiales 
que opera como una trampa histórica de la que el Imperio no puede salir.sociales que parasitaban sobre el resto del mundo al mismo tiempo que tomaban cada 
vez mayor peso interno.
Además el continuo crecimiento económico terminó provocando saturaciones de 
mercados locales, acumulaciones crecientes de capital, concentración empresaria y de 
ingresos. El capitalismo norteamericano y global se encaminaba hacia fines de los años 
1960 hacia una gran crisis de sobreproducción que provocó las primeras perturbaciones 
importantes bajo la forma de crisis monetarias (crisis de la libra esterlina, fin del patrón 
dólar-oro en 1971), luego energéticas (shocks petroleros de 1973-74 y 1979) atravesadas 
por desajustes inflacionarios y recesivos (“estanflación”).
En las décadas siguientes la crisis no fue superada sino amortiguada, postergada través 
de la superexplotación y el saqueo de la periferia, la financierización, los gastos militares, 
etcétera. Todo ello no reinstaló el dinamismo de la postguerra pero impidió el derrumbe, 
suavizó la enfermedad agravándola a largo plazo.
La tasa de crecimiento real de la economía norteamericana fue recorriendo de manera 
irregular una línea descendente y en consecuencia sus gastos improductivos crecientes 
fueron cada vez menos respaldados por la recaudación tributaria. Y al déficit fiscal se le 
sumó el déficit del comercio exterior perpetuado por la pérdida de competitividad global de 
la industria.
El Imperio se fue convirtiendo en un mega parásito mundial, acumuló deudas públicas y 
privadas ingresando en un círculo vicioso ya visto en otros imperios decadentes; el 
parasitismo degrada al parásito, lo hace más y más dependiente del resto del mundo, lo 
que exacerba su intervencionismo global, su agresividad militar.
El mundo es demasiado grande desde el punto de vista de sus recursos concretos 
(financieros, militares, etcétera) pero el logro del objetivo históricamente imposible de 
dominación global es su única posibilidad de salvación como Imperio. Los gastos militares 
y el parasitismo en general aumentan, los déficits crecen, la economía se estanca, la 
estructura social interna se deteriora… lo que Paul Kennedy definía como “excesiva 
extensión imperial” (17) es un hecho objetivo determinado por las necesidades imperiales 
que opera como una trampa histórica de la que el Imperio no puede salir.La mutación del sistema de intervención militar de los Estados Unidos
Jorge Beinstein
jorgebeinstein@gmail.com
 “Las Ilusiones desesperadas generan vida en tus venas”
 St. Vulestry
 “La gente cree que las soluciones provienen de su capacidad de estudiar
 sensatamente la realidad discernible. En realidad, el mundo ya no
funciona así. Ahora somos un imperio y, cuando actuamos, creamos 
nuestra propia realidad. Y mientras tú estás estudiando esa realidad,
actuaremos de nuevo, creando otras realidades que también puedes 
estudiar. Somos los actores de la historia, y a vosotros, todos vosotros,
sólo os queda estudiar lo que hacemos”.
 Karl Rove, asesor de George W. Bush, verano de 2002 (1)
Guerra y economía
Conceptos tales como “keynesianismo militar” o “economía de la guerra permanente” 
constituyen buenos disparadores para entender el largo ciclo de prosperidad imperial de 
los Estados Unidos: su despegue hace algo más de siete décadas, su auge y el reciente 
ingreso a su etapa de agotamiento abriendo un proceso militarista-decadente 
actualmente en curso.
En 1942 Michal Kelecki exponía el esquema básico de lo que posteriormente fue conocido 
como “keynesianismo militar”. Apoyándose en la experiencia de la economía militarizada 
de la Alemania nazi, el autor señalaba las resistencias de las burguesías de Europa y 
Estados Unidos a la aplicación de políticas estatales de pleno empleo basadas en 
incentivos directos al sector civil y su predisposición a favorecerlas cuando se orientaban 
hacia las actividades militares (2). Más adelante Kalecki ya en plena Guerra Fría describía 
las características decisivas de lo que calificaba como triángulo hegemónico del 
capitalismo norteamericano que combinaba la prosperidad interna con el militarismo 
descripto como convergencia entre gastos militares, manipulación mediática de la 
población y altos niveles de empleo (3).
Esta línea de reflexión, a la que adhirieron entre otros Harry Magdoff, Paul Baran y Paul 
Sweezy, planteaba tanto el éxito a corto-mediano plazo de la estrategia de “Manteca + 
Cañones” (“Guns and Butter Economy”) que fortalecía al mismo tiempo la cohesión social 
interna de los Estados Unidos y su presencia militar global, como sus límites e inevitable 
agotamiento a largo plazo.
Sweezy y Baran pronosticaban (acertadamente) hacia mediados de los años 1960 que 
uno de los límites decisivos de la reproducción del sistema provenía de la propia dinámica 
tecnológica del keynesianismo militar, pues la sofisticación técnica creciente del 
armamento tendía inevitablemente a aumentar la productividad del trabajo reduciendo sus 
efectos positivos sobre el empleo y finalmente la cada vez más costosa carrera 
armamentista tendría efectos nulos o incluso negativos sobre el nivel general de 
ocupación (4). 
Es lo que se hizo evidente desde fines de los años 1990, cuando se inició una nueva 
etapa de gastos militares ascendentes que continúa en la actualidad, marcando el fin de 
la era del keynesianismo militar. Ahora, el desarrollo en los Estados Unidos de la industria de armas y sus áreas asociadas incrementa el gasto público causando déficit fiscal y 
endeudamiento, sin contribuir a aumentar en términos netos el nivel general de empleo. 
En realidad, su peso financiero y su radicalización tecnológica contribuyen de manera 
decisiva a mantener altos niveles de desocupación y un crecimiento económico nacional 
anémico o negativo transformándose así en un catalizador que acelera, profundiza la 
crisis del Imperio (5).
Por otra parte los primeros textos referidos a la llamada “economía de la guerra 
permanente” aparecieron en los Estados Unidos a comienzos de los años 1940. Se 
trataba de una visión simplificadora que, por lo general, subestimaba los ritmos y atajos 
concretos de la historia, pero que hoy resulta sumamente útil para comprender el 
desarrollo del militarismo en el muy largo plazo.
Hacia 1944 Walter Oakes definía una nueva fase del capitalismo donde los gastos 
militares ocupaban una posición central; no se trataba de un hecho coyuntural impuesto 
por la Segunda Guerra Mundial en curso, sino de una transformación cualitativa integral 
del sistema cuya reproducción ampliada universal durante más de un siglo, había 
terminado por generar masas de excedentes de capital que no encontraban en las 
potencias centrales espacios de aplicación en la economía civil productora de bienes y 
servicios de consumo y producción.
La experiencia de los años 1930, como lo demostraba Oakes, señalaba que ni las obras 
públicas del New Deal de Roosevelt en los Estados Unidos, ni la construcción de 
autopistas en Alemania nazi, habían conseguido una significativa recuperación de la 
economía y el empleo: solo la puesta en marcha de la economía de guerra, en Alemania 
primero y desde 1940 en los Estados Unidos, había logrado dichos objetivos (6).
En el caso alemán la carrera armamentista terminó con una derrota catastrófica, en el 
caso norteamericano la victoria no llevó a la reducción del sistema militar-industrial sino a 
su expansión.
Al reducirse los efectos de la guerra, la economía de los Estados Unidos comenzó a 
enfriarse y el peligro de recesión asomó su rostro, pero el inicio de la guerra fría y luego la 
guerra de Corea (1950) alejaron al fantasma abriendo un nuevo ciclo de gastos militares.
En octubre de 1949 el profesor de la Universidad de Harvard Summer Slichter, de gran 
prestigio en ese momento, señalaba ante una convención de banqueros: “[La Guerra Fría] 
incrementa la demanda de bienes, ayuda a mantener un alto nivel de empleo, acelera el 
progreso tecnológico, todo lo cual mejora el nivel de vida en nuestro país… en 
consecuencia nosotros deberíamos agradecer a los rusos por su contribución para que el 
capitalismo funcione mejor que nunca en los Estados Unidos” . Hacia 1954 aparecía la 
siguiente afirmación en la revista U.S. News & World Report: “¿Qué significa para el 
mundo de los negocios la Bomba H?: un largo período de grandes ventas que se 
incrementarán en los próximos años. Podríamos concluir con esta afirmación: la bomba H 
ha arrojado a la recesión por la ventana” (7).
Como lo señalaba a comienzos de los años 1950 T. N. Vance, uno los teóricos de la 
“economía de la guerra permanente”, los Estados Unidos habían ingresado en una 
sucesión de guerras que definían de manera irreversible las grandes orientaciones de la 
sociedad, después de la guerra de Corea solo cabía esperar nuevas guerras (8).
En su texto fundacional de la teoría, Walter Oakes realizaba dos pronósticos decisivos: la
inevitablidad de una tercera guerra mundial que ubicaba hacia 1960 y el empobrecimiento de los trabajadores norteamericanos desde fines de los años 1940, provocada por la 
dinámica de concentración de ingresos motorizada por el complejo militar-industrial (9).
Podemos en principio considerar desacertados a dichos pronósticos. No se produjo la 
tercera guerra mundial aunque se consolidó la Guerra Fría, que mantuvo la ola militarista 
durante más de cuatro décadas, atravesada por dos grandes guerras regionales (Corea y 
Vietnam) y una densa serie de pequeñas y medianas intervenciones imperiales directas e 
indirectas. Cuando se esfumó la Guerra Fría, luego de un breve intermedio en los años 
1990 la guerra universal del Imperio prosiguió contra nuevos “enemigos” que justificaban 
su desarrollo (“guerras humanitarias”, “guerra global contra el terrorismo”, etcétera): la 
oferta de servicios militares, el “aparato militarista” y las áreas asociadas al mismo 
creaban, inventaban, su propia demanda.
Tampoco se precipitó el empobrecimiento de las clases bajas de los Estados Unidos; por 
el contrario, la redistribución keynesiana de ingresos se mantuvo hasta los años 1970, el 
nivel de vida de los trabajadores y las clases medias mejoró sustancialmente, funcionó la 
interacción positiva entre militarismo y prosperidad general. A eso contribuyeron varios 
factores, entre ellos la explotación de la periferia ampliada gracias a la emergencia de los 
Estados Unidos como superpotencia mundial apuntalada por su aparato militar, el 
restablecimiento de las potencias capitalistas afectadas por la guerra (Japón, Europa 
Occidental) que en la nueva era se encontraban estrechamente asociadas a los Estados 
Unidos y el enorme efecto multiplicador a nivel interno de los gastos militares sobre el 
consumo, el empleo y la innovación tecnológica. Algunos de estos factores, subestimados 
por Oakes, habían sido señalados a mediados de los años 1960 por Sweezy y Baran (10).
Sin embargo la llegada de Ronald Reagan a la Casa Blanca (1980) marcó una ruptura en 
la tendencia (aunque ya desde los años 1970 habían aparecido los primeros síntomas de 
la enfermedad), y se inició un proceso de concentración de ingresos que fue avanzando 
cada vez más rápido en las décadas posteriores.
Entre 1950 y 1980 el 1 % más rico de la población de los Estados Unidos absorbía cerca 
del 10 % del Ingreso Nacional (entre 1968 y 1978 se mantuvo por debajo de esa cifra) 
pero a partir de comienzos de los años 1980 esa participación fue ascendiendo, hacia 
1990 llegaba al 15 % y cerca de 2009 se aproximaba al 25 %.
Por su parte el 10 % más rico absorbía el 33 % del Ingreso Nacional en 1950, 
manteniéndose siempre por debajo del 35 % hasta fines de los años 1970, pero en 1990 
ya llegaba al 40 % y en 2007 al 50 % (11).
El salario horario promedio fue ascendiendo en términos reales desde los años 1940 
hasta comienzos de los años 1970 en que comenzó a descender y un cuarto de siglo más 
tarde había bajado en casi un 20 % (12). A partir de la crisis de 2007-2008 con el rápido 
aumento de la desocupación se aceleró la concentración de ingresos y la caída salarial: 
algunos autores utilizan el término “implosión salarial” (13).
Una buena expresión del deterioro social es el aumento de los estadounidenses que 
reciben bonos de ayuda alimentaria (“food stamps”), dicha población indigente llegaba a 
casi 3 millones en 1969 (en plena prosperidad keynesiana), subieron a 21millones en 
1980, a 25 millones en 1995 y a 47 millones en 2012 (14).
Mientras tanto los gastos militares no dejaron de crecer, impulsados por sucesivas olas 
belicistas incluidas en el primer gran ciclo de la guerra fría (1946-1991) y en el segundo 
ciclo de la “guerra contra el terrorismo” y las “guerras humanitarias” desde fines de los 
años 1990 hasta el presente (Guerra de Corea, Guerra de Vietnam, “Guerra de las Galaxias” de la era Reagan, Guerra de Kosovo, Guerras de Irak y Afganistán, etcétera).
Luego de la Segunda Guerra Mundial podemos establecer dos períodos bien 
diferenciados en la relación entre gastos públicos y crecimiento económico (y del empleo) 
en los Estados Unidos. El primero abarca desde mediados de los años 1940 hasta fines 
de los años 1960 donde los gastos públicos crecen y las tasas de crecimiento económico 
se mantienen en un nivel elevado, son los años dorados del keynesianismo militar.
El mismo es seguido por un período donde los gastos públicos siguen subiendo 
tendencialmente pero las tasas de crecimiento económico oscilan en torno de una línea 
descendente, marcando la decadencia y fin del keynesianismo: el efecto multiplicador 
positivo del gasto público declina inexorablemente hasta llegar al dilema sin solución, 
evidente en estos últimos años de crecimientos económicos anémicos donde una 
reducción del gasto estatal tendría fuertes efectos recesivos mientras que su incremento 
posible (cada vez menos posible) no mejora de manera significativa la situación.
Así como el “éxito” histórico del capitalismo liberal en el siglo XIX produjo las condiciones 
de su crisis, su superador keynesiano también generó los factores de su posterior 
decadencia.
La marcha exitosa del capitalismo liberal concluyó con una gigantesca crisis de 
sobreproducción y sobreacumulación de capitales que desató rivalidades 
interimperialistas, militarismo y estalló bajo la forma de Primera Guerra Mundial (1914-
1918). La “solución” consistió en la expansión del Estado, en especial su estructura militar, 
Alemania y Japón fueron los pioneros.
La transición turbulenta entre el viejo y el nuevo sistema duró cerca de tres décadas 
(1914-1945) y de ella emergieron los Estados Unidos como única superpotencia 
capitalista integrando estratégicamente a su esfera de dominación a las otras grandes 
economías del sistema. El keynesianismo militar norteamericano apareció entonces en el 
centro dominante de los Estados Unidos: el centro del mundo capitalista. Vance señalaba 
que “con el comienzo de la Segunda Guerra Mundial los Estados Unidos y el capitalismo 
mundial entraron en la nueva era de la Economía de la Guerra Permanente” (15). Fue así 
si lo entendemos como victoria definitiva del nuevo sistema precedida por una compleja 
etapa preparatoria iniciada en la segunda década del siglo XX.
Su génesis está marcada por el nazismo, primer ensayo exitoso-catastrófico de 
“keynesianismo militar”: su trama ideológica, que lleva hasta el límite más extremo el 
delirio de la supremacía occidental, sigue aportando ideas a las formas imperialistas más 
radicales de Occidente, como los halcones de George W. Bush o los sionistas neonazis 
del siglo XXI. Por otra parte, estudios rigurosos del fenómeno nazi descubren no solo sus 
raíces europeas (fascismo italiano, nacionalismo francés, etcétera) sino también 
norteamericanas (16). Aunque luego de la guerra el triunfo de la economía militarizada en 
los Estados Unidos asumió un rostro “civil” y “democrático”, ocultando sus fundamentos 
bélicos.
La decadencia del keynesianismo militar encuentra una primera explicación en su 
hipertrofia e integración con un espacio parasitario imperial más amplio donde la trama 
financiera ocupa un lugar decisivo. En una primera etapa el aparato industrial-militar y su 
entorno se expandieron convirtiendo al gasto estatal en empleos directos e indirectos, en 
transferencias tecnológicas dinamizadoras del sector privado, en garantía blindada de los 
negocios imperialistas externos, etcétera. Pero con el correr del tiempo, con el ascenso de 
la prosperidad imperial, incentivó y fue incentivado por una multiplicidad de formas
sociales que parasitaban sobre el resto del mundo al mismo tiempo que tomaban cada 
vez mayor peso interno.
Además el continuo crecimiento económico terminó provocando saturaciones de 
mercados locales, acumulaciones crecientes de capital, concentración empresaria y de 
ingresos. El capitalismo norteamericano y global se encaminaba hacia fines de los años 
1960 hacia una gran crisis de sobreproducción que provocó las primeras perturbaciones 
importantes bajo la forma de crisis monetarias (crisis de la libra esterlina, fin del patrón 
dólar-oro en 1971), luego energéticas (shocks petroleros de 1973-74 y 1979) atravesadas 
por desajustes inflacionarios y recesivos (“estanflación”).
En las décadas siguientes la crisis no fue superada sino amortiguada, postergada través 
de la superexplotación y el saqueo de la periferia, la financierización, los gastos militares, 
etcétera. Todo ello no reinstaló el dinamismo de la postguerra pero impidió el derrumbe, 
suavizó la enfermedad agravándola a largo plazo.
La tasa de crecimiento real de la economía norteamericana fue recorriendo de manera 
irregular una línea descendente y en consecuencia sus gastos improductivos crecientes 
fueron cada vez menos respaldados por la recaudación tributaria. Y al déficit fiscal se le 
sumó el déficit del comercio exterior perpetuado por la pérdida de competitividad global de 
la industria.
El Imperio se fue convirtiendo en un mega parásito mundial, acumuló deudas públicas y 
privadas ingresando en un círculo vicioso ya visto en otros imperios decadentes; el 
parasitismo degrada al parásito, lo hace más y más dependiente del resto del mundo, lo 
que exacerba su intervencionismo global, su agresividad militar.
El mundo es demasiado grande desde el punto de vista de sus recursos concretos 
(financieros, militares, etcétera) pero el logro del objetivo históricamente imposible de 
dominación global es su única posibilidad de salvación como Imperio. Los gastos militares 
y el parasitismo en general aumentan, los déficits crecen, la economía se estanca, la 
estructura social interna se deteriora… lo que Paul Kennedy definía como “excesiva 
extensión imperial” (17) es un hecho objetivo determinado por las necesidades imperiales 
que opera como una trampa histórica de la que el Imperio no puede salir.
sociales que parasitaban sobre el resto del mundo al mismo tiempo que tomaban cada 
vez mayor peso interno.
Además el continuo crecimiento económico terminó provocando saturaciones de 
mercados locales, acumulaciones crecientes de capital, concentración empresaria y de 
ingresos. El capitalismo norteamericano y global se encaminaba hacia fines de los años 
1960 hacia una gran crisis de sobreproducción que provocó las primeras perturbaciones 
importantes bajo la forma de crisis monetarias (crisis de la libra esterlina, fin del patrón 
dólar-oro en 1971), luego energéticas (shocks petroleros de 1973-74 y 1979) atravesadas 
por desajustes inflacionarios y recesivos (“estanflación”).
En las décadas siguientes la crisis no fue superada sino amortiguada, postergada través 
de la superexplotación y el saqueo de la periferia, la financierización, los gastos militares, 
etcétera. Todo ello no reinstaló el dinamismo de la postguerra pero impidió el derrumbe, 
suavizó la enfermedad agravándola a largo plazo.
La tasa de crecimiento real de la economía norteamericana fue recorriendo de manera 
irregular una línea descendente y en consecuencia sus gastos improductivos crecientes 
fueron cada vez menos respaldados por la recaudación tributaria. Y al déficit fiscal se le 
sumó el déficit del comercio exterior perpetuado por la pérdida de competitividad global de 
la industria.
El Imperio se fue convirtiendo en un mega parásito mundial, acumuló deudas públicas y 
privadas ingresando en un círculo vicioso ya visto en otros imperios decadentes; el 
parasitismo degrada al parásito, lo hace más y más dependiente del resto del mundo, lo 
que exacerba su intervencionismo global, su agresividad militar.
El mundo es demasiado grande desde el punto de vista de sus recursos concretos 
(financieros, militares, etcétera) pero el logro del objetivo históricamente imposible de 
dominación global es su única posibilidad de salvación como Imperio. Los gastos militares 
y el parasitismo en general aumentan, los déficits crecen, la economía se estanca, la 
estructura social interna se deteriora… lo que Paul Kennedy definía como “excesiva 
extensión imperial” (17) es un hecho objetivo determinado por las necesidades imperiales 
que opera como una trampa histórica de la que el Imperio no puede salir.sociales que parasitaban sobre el resto del mundo al mismo tiempo que tomaban cada 
vez mayor peso interno.
Además el continuo crecimiento económico terminó provocando saturaciones de 
mercados locales, acumulaciones crecientes de capital, concentración empresaria y de 
ingresos. El capitalismo norteamericano y global se encaminaba hacia fines de los años 
1960 hacia una gran crisis de sobreproducción que provocó las primeras perturbaciones 
importantes bajo la forma de crisis monetarias (crisis de la libra esterlina, fin del patrón 
dólar-oro en 1971), luego energéticas (shocks petroleros de 1973-74 y 1979) atravesadas 
por desajustes inflacionarios y recesivos (“estanflación”).
En las décadas siguientes la crisis no fue superada sino amortiguada, postergada través 
de la superexplotación y el saqueo de la periferia, la financierización, los gastos militares, 
etcétera. Todo ello no reinstaló el dinamismo de la postguerra pero impidió el derrumbe, 
suavizó la enfermedad agravándola a largo plazo.
La tasa de crecimiento real de la economía norteamericana fue recorriendo de manera 
irregular una línea descendente y en consecuencia sus gastos improductivos crecientes 
fueron cada vez menos respaldados por la recaudación tributaria. Y al déficit fiscal se le 
sumó el déficit del comercio exterior perpetuado por la pérdida de competitividad global de 
la industria.

El Imperio se fue convirtiendo en un mega parásito mundial, acumuló deudas públicas y 
privadas ingresando en un círculo vicioso ya visto en otros imperios decadentes; el 
parasitismo degrada al parásito, lo hace más y más dependiente del resto del mundo, lo 
que exacerba su intervencionismo global, su agresividad militar.
El mundo es demasiado grande desde el punto de vista de sus recursos concretos 
(financieros, militares, etcétera) pero el logro del objetivo históricamente imposible de 
dominación global es su única posibilidad de salvación como Imperio. Los gastos militares 
y el parasitismo en general aumentan, los déficits crecen, la economía se estanca, la 
estructura social interna se deteriora… lo que Paul Kennedy definía como “excesiva 
extensión imperial” (17) es un hecho objetivo determinado por las necesidades imperiales 
que opera como una trampa histórica de la que el Imperio no puede salir.



APARICIÓN CON VIDA DE JULIO LÓPEZ Y LUCIANO ARRUGA

APARICIÓN CON VIDA DE JULIO LÓPEZ Y LUCIANO ARRUGA